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La oscura historia del Partenón

(L.Alemany – El Mundo, 08/09/14) – El Partenón de Fidias tiene alguna extraña cualidad que hace que todos veamos en él lo que vamos buscando: Cecil Rhodes, el señor feudal de la antigua Rhodesia, encontró una prueba de virilidad militarista; los fascistas y los nazis apreciaron una promesa del mundo nuevo que habrían de traer; los comunistas, más o menos llegaron a la misma conclusión. Los nacionalistas griegos del XIX celebraron en él la coronación de sus primeros reyes porque en la Acrópolis estaba el molde de su identidad frente a los otomanos, los bábaros. Le Corbusier, claro, vio en el templo un tratado de geometría y de abstracción, y Virginia Woolf, cuando lo visitó por segunda vez a los cincuenta y tantos, se dio con el espíritu de sí misma “con 23 años, llena de vida, con todo por delante”.

Pero la imagen que se ha impuesto ha sido la interpretación liberal-burguesa, por llamarla así, acuñada por primera vez por el alemán Johann Winckelmann en el siglo XVIII: la idea que conecta el Partenón con la república de Pericles, con la democracia, la noción de la libertad individual y el refinamiento intelectual. El lugar que alguna vez habitó el ser humano y al que todos querríamos volver.

Las pruebas del éxito de esa interpretación están repartidas por todo el mundo: el Museo Británico de Londres, el Wallhalla de Regensburg, la Casa de Aduanas de Wall Street en Nueva York, la National Portrait Gallery de Washington DC, el Panteón del Barrio Latino de París, el Capitolio de La Habana… Edificios que remiten a la Acrópolis para atribuirse la dignidad de la democracia y el conocimiento, la certeza y la quietud. “Una vez fui a Atenas, a la Acrópolis, y no sé cómo, me colé en una zona junto al Partenón en la que no debía entrar”, contó el arquitecto portugués Eduardo Souto de Moura en una entrevista publicada por EL MUNDO en 2012. “Me vi ahí y pensé: si ahora viene el diablo, le vendo mi alma si me deja meter mano. Así que me puse a pensar: ¿Qué haría? ¿Le daría más altura? No, está bien así. ¿Meto otro cuerpo? No. ¿Más fondo? No. ¿Las gradas? No. Es perfecto. Así que, al final, no vendí mi alma”.

El Partenón es perfecto, si lo dice Souto de Moura, ¿quién podría pensar lo contrario? Pero también es mucho más complicado de lo que tendemos a pensar. Un ensayo recién publicado en inglés, ‘The parthenon enigma’ (de Joan Breton Connelly, profesora en la NYU de Nueva York), cuenta la historia del templo de Atenea a partir de esa idea de complejidad. Y trae alguna sorpresa.

Básicamente, el gran asunto de ‘The parthenon enigma’ consiste en la reinterpretación de la escena central del friso oriental (el lado de la fachada principal) del templo. La lectura tradicional del friso, explica Breton Connelly, habla de la ofrenda de un peplos (una túnica) a Atenea, en lo que suponía el punto culminante del festival que celebraba la diosa. Sin embargo, la autora sostiene que el friso representa un mito divino mucho menos reconfortante: el relato del rey Erecteo, que, de acuerdo a lo que le había indicado el oráculo, entregó a su hija menor en sacrificio para salvar Atenas de una invasión. Lo más conmovedor y terrible de la historia es que la otra hija del rey, atormentada por su fortuna, quiso acompañar a su hermana en la muerte. Atenea, según esta lectura, “no está recibiendo la túnica sino las mortajas que llevan los cuerpos de las hijas de Erecteo”. La diosa de la sabiduría, por tanto, no sería la amiga sabia y comprensiva de los atenienses que solemos tener en la cabeza.
Relato de un sacrificio

Ése es el gancho periodístico del libro de Breton Connelly. Pero que nadie piense en un novelado del Partenón al estilo de ‘El nombre de la rosa’, de Umberto Eco. Para empezar, porque la teoría de que el friso oriental del Partenón es el relato de un sacrificio existe desde 1675, cuando un viajero inglés llamado Francis Vernon visitó el templo, que entonces era una iglesia latina (12 años después llegaron los turcos e instalaron un depósito de armas y, algo después, una mezquita), dibujó e inventarió los frisos, y vio en ellos una procesión de animales camino de la ofrenda. Su teoría nunca cayó en el olvido pero claudicó ante la lectura de Johann Winckelmann: Atenea, la razón, la democracia, la libertad, etcétera, etcétera.

¿Cuál es la novedad, entonces? Que esta vez, hay información arqueológica y antropológica que nos permite tener un relato más preciso de lo que pudo ser el Partenón.

A todos nos gusta pensar en los atenienses del siglo V antes de Cristo como en unos ciudadanos sabios, tolerantes, libres e iguales entre ellos. Hacían deporte, eran apuestos, tenían buen clima y discutían sobre lo real y lo ideal mientras paseaban por un paisaje encantador de olivos y arroyos.

“Silencio, y escúchame”, le dice el urbanita Sócrates a Fedro en pleno paseo de cortejo campestre, según el relato de Platón. “Porque en verdad este lugar tiene algo divino, y si en el curso de mi exposición las ninfas de estas riberas me inspiran algunos rasgos entusiastas, no te sorprendas. Ya me considero poco distante del tono del ditirambo”. “Nada más cierto”, le contesta Fedro. Y el maestro termina: “Tú eres la causa. Pero escucha el resto de mi discurso, porque la inspiración podría abandonarme. En todo caso, esto corresponde al dios que me posee, y nosotros continuemos hablando de nuestro joven” (Fedro, 230b).

La imagen de esa Atenas romántico-racionalista es irresistible pero no muy real. Así lo demuestra Breton Connelly en su libro, al recordar que la vida en la república de Pericles “era mucho más oscura y primitiva de lo que se ha planteado a partir de la Ilustración”.

Donde oscura y primitiva significa “un mundo lleno de ansiedad, dominado por una obsesión egocéntrica por definir su lugar en el mundo, saturado de espiritualidad y marcado por la necesidad de estar en buenos términos con los dioses”. Un mundo, según se lee unas líneas más adelante, “permanentemente amenazado por la violencia, la guerra y la muerte”. Hasta Pericles, según se cuenta en el libro, fue un hombre marcado por sus supersticiones y por sus amuletos. La particularidad de Atenas, según explica Breton Connelly, no era el gusto por la razón sino cierta cultura de la excelencia que hoy nos parecería muy moderna.

La importancia de la religión

La república, por tanto, era una sociedad en la que la religión no era un entretenimiento novelesco, ni un conjunto de fábulas (con dioses en vez de animales) que transmitían el conocimiento y hacían de la vida algo más divertido. La religión era en Grecia, en contra de lo que solemos pensar, un tema central que lo llenaba todo. También llenaba la Acrópolis, que era un recinto sagrado y no un monumento a la razón, por si alguien lo había olvidado. Y así había sido, según se ha sabido durante los últimos 30 años de investigaciones plenamente científicas, desde tiempos del Neolítico.

En este punto, Breton Connelly se apoya en el trabajo del arqueólogo griego Manolis Korres, que ha completado, o casi, la información que faltaba del templo de Atenea. Por ejemplo, el modo en el que el mármol llegó desde el monte de Pentelikon, a 19 kilómetros al noreste de Atenas. O cómo Fidias y su equipo fueron cambiando sus planes iniciales durante la construcción de la obra. O cuáles fueron los trazos que dejaron los bizantinos, los cruzados y los otomanos a medida que fueron ocupando el templo. Eso, además de observaciones que de tan obvias habían pasado de largo. Por ejemplo, que el friso del Partenón mide un metro de ancho y está a 14 metros de altura.

Es decir: que los relieves que envolvían el templo estaban hechos para que los vieran los dioses y no los hombres.

“Cuánto más sabemos de la Acrópolis, más lejos estamos de entenderla”, explica la helenista estadounidense. Cuanto más perfecto veamos el Partenón, más insondable nos parecerá.

Original source: http://www.elmundo.es/cultura/2014/09/08/540c8be8e2704e3c1e8b457f.html