Internaciónal

Una isla con el agua al cuello

(P.Pardo – El Mundo, 07/12/14) – La lápida de Margaret Pruitt está semienterrada por las piedras y la arena de la playa. Aunque erosionado por el mar, su epitafio es aún legible bajo el sol de la mañana de otoño: «En el silencioso cementerio bajo la hierba y el rocío / Nunca olvidada ni un momento / En nuestra tristeza pensamos en ti». Debajo, la fecha de nacimiento de Pruitt, el 2 de abril de 1836, y la de su muerte, el 2 de diciembre de 1901. A un par de metros, y como a un palmo de profundidad, hay otra lápida: «En memoria de nuestra querida Polly J. Parks. Nacida el 19 de octubre de 1876. Fallecida el 1 de diciembre de 1913».

En la isla de Tangier, a 150 kilómetros exactos en línea recta de Washington, el mar no trae tesoros o sirenas, sino lápidas. Son lápidas de la propia isla, arrancadas de sus cementerios a medida que el nivel de la Bahía de Chesapeake -un brazo de mar tan grande como Andalucía y Extremadura juntas- sube por la acción del cambio climático. Dos de los tres pueblos que formaban Tangier han sido tragados por el mar, y el cuarto y sus 470 habitantes se apiñan en unas docenas de casas dispersas por las 33 hectáreas de la isla que aún son habitables, y que aún así son inundadas por las mareas altas, una o dos veces al mes.

Tangier, con sus miles de aves acuáticas, millones de cangrejos y -en verano- billones de mosquitos capaces de atravesar un vaquero de un picotazo, es el frente de batalla del cambio climático. A Tangier le quedan unos 70 años de existencia, más o menos lo mismo que a países como Maldivas, en el Océano Indico, o Kiribati, en el Pacífico.

Las lápidas de Pruitt y Parks están en el extremo norte de Tangier, en una playa salvaje en la que termina una de tantas marismas que forman lo que es la isla. Hasta los años 60, aquí empezaba un bosque que se adentraba en lo que ahora ya es mar. Hoy no queda ni un árbol. Para que las águilas pescadoras nidifiquen, han tenido que poner un poste de madera con una plataforma. Es uno de tantos problemas causados por la subida del mar. «Las aves cada año tienen más problemas para hacer sus nidos en la Bahía, porque el mar se va tragando las marismas», explica, por teléfono, el hidrólogo Jack Eggleston, del Servicio Geológico del Departamento del Interior de Estados Unidos y experto en la subida del mar en la región.

Junto al poste, con su nido vacío, están las tumbas, a la sombra de una casa prefabricada metálica e inclinada que se balancea justo en la línea de marea. Es todo lo que queda de un refugio que usaban los cazadores que iban al bosque, que hoy es un cementerio marino. Es el inicio del otoño, y una docena de mariposas monarca cruza la playa volando en fila india en su migración de 3.500 kilómetros de Canadá hasta México.

El verano pasado, un turista llegó al pueblo de Tangier, donde viven los últimos habitantes, con lo que pensaba que era el cuerno de un ciervo que había encontrado en la playa. Pero allí los animales más grandes son los gatos asilvestrados y las nutrias. No era un cuerno de ciervo, era una costilla de un ser humano.

«En Tangier nos estamos quedando sin tierra para los vivos y para los muertos», dice James Eskridge, alias Ooker (léase úuker, un mote que recibió de niño por imitar el canto de los gallos). Lo dice sin melancolía, con el acento de Tangier, que convierte a esta isla en un paraíso para los lingüistas, ya que se habla una variante del inglés que no existe en ningún otro lugar del mundo.

También lo dice con cierta autoridad. Porque Eskridge -piel tostada por el trabajo en el mar, bigote, gorra con un pin con las banderas entrecruzadas de EEUU e Israel y camisa azul de cuadros sobre un cuerpo grande, forjado en el trabajo de pescador y mariscador- es, desde hace casi una década, el alcalde de Tangier. En ese tiempo, la isla ha perdido el 21% de su población y alrededor de 40 hectáreas de su superficie.

En Tangier los cementerios están entre las casas. Eskridge hace su reflexión frente a un camposanto formado por unas 20 tumbas con la disposición clásica de los cementerios en EEUU: pequeños túmulos que se alzan sobre el césped y lápidas cuyo color gris destaca sobre el verde de la hierba, ocupando un espacio menor que una cancha de baloncesto.

Detrás del cementerio está la torre de agua. Es una estructura de seis patas de metal azul de unos 15 metros de alto, con un depósito circular sobre ellas. Desde el cementerio, en el lado Este de la isla, se ve dibujado en ella un cangrejo. Desde la casa de Eskridge, en el Oeste, se ve una cruz.

La cruz y el cangrejo son los dos símbolos de Tangier. Cruz y cangrejo, naturaleza y ser humano, llevan luchando aquí desde que en 1608, el capitán John Smith -el mismo que llevó a Pocahontas a Gran Bretaña- llegó desde la vecina Jamestown, la primera colonia británica en EEUU y en el mundo. Ahora, esa guerra de cuatro siglos se aproxima a su fin. En unas décadas, lo único que quedará visible de Tangier será esa torre del agua, con su cangrejo y su cruz.

Cerca de Tangier, en la zona que rodea a la mayor base naval del mundo, Norfolk, el nivel del mar crece entre 3,2 y 4,7 milímetros anuales, según el estudio Subsidencia y subida del nivel del agua en la Región Sur de la Bahía de Chesapeake, dirigido por Eggleston. Esas cifras suenan infinitesimales. Pero 4,7 milímetros anuales en un siglo es casi medio metro. Y en Tangier, el punto más elevado está a 1,22 metros: es uno de los siete puentecitos que cruzan los brazos de mar que cada día penetran un poco más en la isla y que la convierten en una Venecia rural con aire colonial que parece explotar de coquetería en su agonía.

En la zona estudiada por Eggleston, gran parte de la subida del agua es, en realidad, hundimiento del terreno o, en términos científicos, subsidencia, debido a la extracción de agua subterránea. Pero en Tangier el peligro radica en la subida del mar. «En esta zona de la Bahía en particular, la subsidencia no es tan grande como en las áreas costeras, porque en la islas apenas hay extracción de agua», explica Eggleston.

Paradójicamente, en Tangier no hay sistemas de medición del nivel del mar. Y es que no creen en el cambio climático. «Yo pienso que el mar no está subiendo. Lo que necesitamos es que nos dejen pescar más cangrejos y un remedio contra la subsidencia», dice el alcalde Eskridge. Ooker demanda «un muro que nos proteja del mar, como el que ya existe en la parte Oeste de la isla».

La tesis de Eskridge coincide con la de sus vecinos y votantes en este pequeño Macondo estadounidense en el que los móviles no tiene cobertura, pero en cuyo aeropuerto aterrizan, según los vecinos, helicópteros sin insignias ni identificación que no hacen ruido al volar -como los que se usaron para matar a Bin Laden- y que está situada frente a la base de la NASA de Wallops, desde la que se lanzan más naves espaciales que desde Cabo Cañaveral.

En esta cultura, el cambio climático no existe. «Cuando la Unión Soviética se desintegró, las estaciones meteorológicas de Siberia empezaron a dejar de funcionar poco a poco. Pero los rusos no dijeron nada, y cada año enviaban a los organismos internacionales datos que indicaban una subida de la temperatura en su país. En realidad, no es que las temperaturas subieran, sino que ellos no medían las temperaturas en Siberia. Los casquetes polares nunca han sido tan grandes como ahora», sostiene Jim, otro vecino de edad similar a los 56 años de Eskridge, a las puertas de su casa. Tras él está un espectacular rosal de más de 100 años al que el mar inunda una o dos veces al mes. Enfrente, uno de los canales de la marisma, cruzado por patos y garzas. Al fondo, el depósito de agua.

No solo la cruz es importante en Tangier. También la Estrella de David. Muchas de las casas de la isla tienen en el porche las banderas de EEUU e Israel. Eskridge ha pintado en su bote una Estrella de David -que también tiene tatuada en el brazo- y una silueta de un pez como las que hay en los altares de las iglesias.

Sin embargo, el cangrejo va a imponerse a la cruz. El mar ha dejado a la isla sin árboles. La mayor parte del paisaje es una gran pradera acuática solo accesible en bote. Otros dos islotes vecinos que estuvieron conectados a ella hasta la década de los 40 están hoy separados por cientos de metros de mar. En este tiempo, Tangier ha perdido la mitad de su superficie. Y el proceso se acelera.

La agricultura dejó de practicarse hace 60 años. Algunos vecinos tienen huertos de no más de cuatro metros cuadrados, sobre pequeños promontorios que han construido acumulando tierra y que protegen con tablas de madera para que el mar no se los lleve como a las tumbas. La única actividad posible hoy es la pesca y el marisqueo, llevadas a cabo por gente como Eskridge: los watermen (hombres del agua).

Todo eso está condenado a desaparecer. Incluso aunque las autoridades hicieran algo, su destino parece que será el del vecino islote de Holland, que desapareció hace cuatro años, en este caso más por la erosión que por la subida del mar.

En Holland, el pastor protestante Stephen White trató, en una epopeya propia de una película de Werner Herzog, de mantener en pie una casa en medio del mar hasta que éste acabó llevándosela. White, que era también un waterman, se lanzó a su empresa quijotesca un día que encontró una tumba a punto de ser llevada por las aguas. Era de una niña llamada Effie Wilson que había muerto en 1893, a los 12 años. Su epitafio empezaba diciendo: «No me olvidéis, es todo lo que os pido».

Original source: http://www.elmundo.es/ciencia/2014/12/07/54836086ca4741cc6c8b457b.html

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