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Airbnb, el Voldemort del turismo

Airbnb, el Voldemort del turismo

(J.Mansilla – El Salto, 26/04/21) – Ya están aquí, han vuelto. ¿Quién?, os preguntaréis. Los turistas, los turistas han vuelto. Pero son pocos, diréis. Bueno, depende. Una alumna Erasmus me comentó hace un par de días: “Yo vengo de un pequeño pueblo del interior de Alemania. Para mí, ya hay muchos turistas en las calles de Barcelona”. El número, de esta forma, es relativo. Se nota su presencia, esa es la cuestión. Así que sí, ya están aquí. Algunos, no muchos, hemos visto más. Y no han venido solos, lo han hecho acompañados. ¿De quién?, curiosearéis. Pues de las campañas de marqueting turístico destinadas a su atracción. De todo tipo, públicas y privadas. Nunca sabremos quién fue primero, si la gallina o el huevo. Aun así no son los únicos que han llegado o, quizás, nunca se fueron. Esta también aquí Airbnb. ¿Qué cómo lo sé? Muy fácil, por sus campañas de captación de clientes, fidelización y social washing en los medios de comunicación.

Son las 8.15 h., de la mañana aproximadamente. Escucho la radio, prime time en cualquier cadena: titulares, noticias, editoriales, tiempo para la publicidad. De repente, Airbnb:

—Tengo una discapacidad del 43% y con lo que me pagan de pensión no tengo suficiente para llegar a fin de mes. Menos mal que puedo alquiler una habitación a través de Airbnb.

Boom, el capitalismo de plataforma en todo su esplendor. Real como la vida misma, no me lo invento, aunque mi memoria sobre el anuncio es aproximada. Una actriz que imposta la voz para aparentar ser una persona mayor y enferma nos enfrenta a la cruda realidad. Airbnb nunca se fue, estaba ahí, agazapado, esperando a que hubiera una cierta normalidad, no importa si nueva o antigua. Ha ido asomando la cabecita, poco a poco. Ahora hacia una ronda de financiación que le permitía captar mil millones de dólares; ahora salía a bolsa tras retrasarlo con anterioridad; ahora cerraba y dejaba en la calle a los trabajadores y trabajadoras del call center de la capital catalana. Poco a poco, y sin hacer mucho ruido, Airbnb se recuperaba, como un Voldemort del turismo, en el cuerpo de la ciudad.

Ahora ha salido el sol, Barcelona vuelve a tener el magnífico tiempo mediterráneo que le caracteriza y, como los caracoles, ha salido a pasear. Y lo hace, un poco como siempre, tampoco nos engañemos. Con esas estrategias que ocultan que una gran mayoría de los apartamentos gestionados a través de su plataforma son completos —el 48,7% del total, aunque eso no signifique que el restante porcentaje, supuestas habitaciones, no se encuentre en esos pisos pero comercializadas individualmente— y que, además, existe una enorme concentración de los mismos en pocas manos —el 65,3% de los apartamentos/habitaciones están en manos de multigestores, algunos gestionan hasta 200 unidades—. Es decir, que la anciana enferma con discapacidad es solo una anécdota, aunque una anécdota con un gran poder: el de hacernos fijar la atención no en cómo la empresa actúa concentrando la oferta de unos apartamentos turísticos que, de otra manera, podrían estar dentro del circuito inmobiliario del medio-largo plazo, sino en cómo, supuestamente, ayudan a personas con necesidades especiales a llegar a fin de mes.

De cómo una persona con dicho nivel de discapacidad atenderá a sus clientes (mantendrá impoluta la habitación, lavará la ropa de cama, limpiará el baño y, por supuesto, guardará la energía necesaria como para resultar simpática y local a sus huéspedes), no se hace mención alguna. Tampoco sobre que, a lo mejor, esa persona, la anfitriona en neolengua Airbnb, lo que necesita es mejorar su prestación por discapacidad, o una ayuda para pagar el alquiler o la hipoteca. Y, por supuesto, ninguna referencia a que, a lo mejor, la atención a dicha vivienda se haya externalizada a una empresa que mantiene a sus trabajadores en no muy buenas condiciones laborales, por ejemplo. No, lo importante es como Airbnb ayuda a esa pobre mujer a llegar a fin de mes.

En definitiva, que ya están aquí, no los turistas, pobres, sino parte de los agentes productivos más tóxicos, como Airbnb, una plataforma que encontró su razón de ser en la precariedad, la inseguridad económica, la soledad y la necesidad de muchos vecinos y vecinas de ciudades grandes y pequeñas. Bueno, ya está aquí o nunca se fue, y mientras continúan desahuciando a gente pese a las medidas del Gobierno, ella —o él, Voldemort— se sigue acordando de aquellos tiempos en los que estaba en el poder. Porque, como dice el antropólogo Nogués-Pedregal, el turismo es eso, otra de los nombres del poder.

José Mansilla, Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU)

J.Mansilla – El Salto, Airbnb, el Voldemort del turismo

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