Culture

Recordando a Unamuno

(Tiempo, 29/10/14) – Hace 150 años que nació y 100 desde que lo destituyeron del rectorado de Salamanca. ¿Por qué? Por pensar libremente, sin consignas ni partidos.

El Museo Vasco de Bilbao dedica al sabio una muestra antológica, con más de 500 documentos biográficos, con motivo del 150 aniversario de su nacimiento; y una sugerente imagen suya, de 1934, postrado en una cama y leyendo un libro, es el reclamo de la amplia exposición fotográfica de escritores El rostro de las letras, en Madrid. Pero se cumple ahora también un siglo de otro hecho singular: la primera y más sorprendente de las cuatro destituciones que sufrió como rector de la Universidad de Salamanca.

Fue en la apertura del curso 1914-1915, hace ahora 100 años, cuando el catedrático de Griego, y ya más que consagrado pensador y escritor, Miguel de Unamuno y Jugo (Bilbao, 1864; Salamanca, 1936) era destituido como rector de la Universidad de Salamanca, un cargo que venía ejerciendo ininterrumpidamente desde 1900. En otras tres ocasiones le sería arrebatada esa misma posición, que constituyó el Guadiana que orientó su controvertida y centrifugada existencia. Pero ninguna le dolería tanto –hasta sumirlo, según está documentado, en una profunda depresión– como aquella sorprendente e inesperada primera vez, que le fue notificada en el verano, con la universidad cerrada a cal y canto –con estivalidad y alevosía, por tanto–, como suelen hacerse secularmente en este país este tipo de comunicados políticos de un único carril. Antonio Pérez de la Fuente, un joven cronista de la época, ofrece este testimonio, en la combativa publicación palentina El Águila: “Su destitución fue llevada a cabo en las sombras, cuando en el verano todo duerme y ningún acto de protesta puede llevarse a efecto, como si la conciencia acusase a quien realizaba este acto, por manchar el sagrado nombre de la Universidad, con algo que tiene apariencia de represalias electorales”. Y matiza: “Los políticos necesitan en Salamanca un rector dúctil y maleable, que les asegure un senador; aunque la enseñanza marche por un precipicio”.

El perro importuno.

Mucho no debió de temblarle el pulso a “quien realizaba este acto” –el de “echar a la calle al gran don Miguel como a un perro importuno”, se lee también en la crónica– con solo estampar su firma. Era el recién estrenado (en el curso anterior) ministro de Instrucción Pública, Francisco Bergamín, “un malagueño infinitamente inteligente e infinitamente frío”, según Ortega y Gasset, cuya mención podríamos ahorrarnos de no ser por el enorme interés intrahistórico –ese afortunado cuño unamuniano–, con brotes de sugerente elipsis freudiana, que encierra el episodio: uno de los trece vástagos de ese ministro de muchas cosas en los Gobiernos más variopintos (que ostenta, por cierto, el récord de haber sido, años después, ministro de Estado solo por tres días) sería el escritor José Bergamín, acaso el más distinguido epígono, admirador y recreador (¿reponedor?) de la figura de Unamuno…

Sin embargo, la animadversión era muy anterior a ese Gobierno entrante del conservador Eduardo Dato. La ojeriza había sido incubada por gentes más cercanas y sedicentemente liberales, y de ahí el dolor de Unamuno. Era, una vez más, la Salomé herida de las derrotas electorales la que entregaba en bandeja de plata la cabeza cortada, en este caso, del Bautista de Salamanca; o su efecto dominó, que, en la caída colectiva, no tolera que una ficha insigne continúe de por libre alzada…

El conde de Romanones, el viejo zorro del Partido Liberal, bajo cuyos auspicios, al frente del Ministerio de Instrucción Pública, con el estreno del siglo, Unamuno había sido impulsado al rectorado, se encuentra ahora en la esclusa política: había sido presidente del Gobierno hasta el año anterior, y volverá a serlo, por cierto, en 1915. Como ha explicado el historiador Juan Marichal, “sus tretas electorales se desplegaban frecuentemente en la elección del senador representante del distrito universitario salmantino”. He ahí el escollo de fondo. Por fuera, en la letra grande de la carcasa, aquel peculiar catedrático de una lengua muerta, sin grandes ambiciones políticas y con un creciente prestigio en la producción de retórica útil para la deontología liberal, parecía idóneo a los intereses del cacique Romanones y sus secuaces. Por lo demás, durante su período como ministro de Instrucción Pública se incluyó por vez primera el salario de maestros y profesores en los Presupuestos Generales del Estado, y uno de los caballos de batalla del romanonismo, limitar al máximo las actividades docentes de la Iglesia Católica y, en cambio, potenciarlas en el ámbito público y estatal, coincidía con el ideario central de Unamuno. Eran esos los “altos propósitos” a que se refiere el filósofo –explica Marichal– cuando, en el mismo año de su destitución, reconoce haber soportado “humillaciones que creía inevitables para el mejor logro de mis propósitos más altos”.

La desamortización evangélica.

Pero, para Romanones, como para no pocos políticos, la única humillación es no ganar las elecciones. Y Unamuno había dado ya sobradas muestras de no ser nada servil, adicto, “dúctil y maleable” –como señalaba el cronista–, en su crucial feudo electoral salmantino. Lo que para don Miguel eran efímeras (auto) “humillaciones”, a cambio de “altos propósitos”, para el conde era una muy deficiente servidumbre de nuestro hombre en Salamanca; alguien que, sobre todo en el último lustro, se había descolgado, por lo demás, como escritor e intelectual completamente independiente e insobornable.

La destitución del autor de Amor y pedagogía –un alegato contra cualquier manipulación utilitarista y positivista en la transmisión del saber– coincidía con su 50 cumpleaños, el 29 de septiembre; y, en efecto, en el tiempo en que se gradúa una promoción universitaria, Unamuno se había revalidado como el dramaturgo de El pasado que vuelve (1910), el poeta de Rosario de sonetos líricos (1911), el cronista de Por tierras de España y Portugal, el filósofo de Del sentimiento trágico de la vida (1912) y de Vida de don Quijote y Sancho (1913), el cuentista de El espejo de la muerte (1913) y el narrador innovador de la “nivola” Niebla (1914)… y eso sin contar con sus constantes tribunas en prensa sobre los vaivenes de la actualidad política, que incomodaban por igual a liberales y conservadores. Demasiado dispendio creativo y de por libre, y alejado, por tanto, del pragmatismo (esa palabra que a Unamuno le producía urticaria) que cabría esperar en nuestro hombre en Salamanca, celador de los intereses partidarios en un distrito universitario-electoral clave… Nada tiene que ver, por eso mismo, esta dolorosa destitución de un hombre que se había labrado a pulso su prestigio intelectual –y que, sobre todo, volvería a repetir su gestión universitaria del mismo modo–, con las que Unamuno padecerá después. No por nada coincidirán con el arranque de las dos dictaduras militares del siglo XX. En la segunda, en febrero de 1924, no solo es despojado, por Primo de Rivera, de cualquier vínculo con la universidad, sino incluso de su condición de ciudadano, pues en la misma orden gubernamental se incluye su deportación a Fuerteventura. Y en las dos ocasiones en que es destituido en 1936, el viejo Unamuno es más que consciente de que él mismo ha firmado su carta de autodespido; así, cuando lo destituye Azaña, tras apoyar inicialmente la sublevación militar (“¡Qué cándido y qué ligero anduve en el momento de Franco!”, se arrepentirá después), y cuando lo hace el dictador, a raíz del celebérrimo encontronazo con Millán Astray el 12 de octubre en el Paraninfo; “¡Venceréis pero no convenceréis!”, dijo, y solo le faltó añadir: “¡Apaga y vámonos!”.

Ahora, en cambio, en la legalidad democrática de 1914, es depuesto solo como rector y relegado a la balaustrada como profesor de a pie. Sorpresivamente, con estivalidad y alevosía, ha firmado la sentencia un ministro conservador –que, como en una paradoja típicamente unamunesca, es el padre de José Bergamín, con el tiempo uno de sus máximos admiradores y exégetas–. Pero, junto a integristas, se ve cómo se frotan las manos de celebración ante la medida los seguidores del romanonismo romo y de cualquier otra facción liberal del país. Y es ahí donde le duele a don Miguel, después de sus “humillaciones” en favor de la causa del Partido Liberal, acaso como un mal necesario, y de haber defendido a machamartillo, en decenas de foros de diversos colores de la geografía nacional, sus postulados a favor de un férreo “liberalismo estatista”, que velara por la secularización de la vida nacional. Su preclara defensa de la enseñanza estatal incluye la acepción de que el Estado mismo sea modelo de enseñanza…

Con su proverbial artillería unamunesca, sostiene que no puede haber liberalismo sin estatismo fuerte: “El Estado es hoy, en España, tal vez lo mejor que tenemos… es lo que España es ante los demás pueblos”. Tampoco puede haber libertad de conciencia bajo el rodillo eclesiástico: “En España, descatolizar es españolizar”, dirá en una misiva, mientras aboga por la desamortización espiritual: “De poco sirve desamortizar los bienes del clero si no desamortizamos la doctrina evangélica”.

El pesado de la justicia social.

Sin embargo, para los intereses de los políticos liberales, Unamuno carga demasiado las tintas en la reivindicación de la justicia social. “En él, lo liberal no quita lo valiente”, afirma Marichal, que lo define como un “liberal solidarista”. Su atípica conjunción, profundamente ética, de liberalismo y socialismo termina por resultar incómoda a “los hunos y los hotros”. Encima, centrará sus mejores diatribas en la crítica al liberalismo vulgar, utilitarista y de corte manchesteriano. “No hay Partido Liberal sin conciencia liberal”, reiterará, una y otra vez, el rector de la Universidad de Salamanca, para recalcar que se muestra contrario a “esos liberales electoreros (sic) que quieren más el poder que la doctrina”, y practicar, de paso, este curioso taxidermismo: “En España hay dos tipos de liberales: los verdaderos y los de burla, liberales de mantenimiento…”.

En conclusión, el hombre que escribió: “Cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas”, y que estaba persuadido de que “los verdaderos diálogos solo pueden ocurrir en nuestro interior”, fue siempre un Quijote de sí mismo, y un intelectual heterodoxo y ético incomodísimo para cualquier color político, que son, por definición, monocarriles y pragmáticos. Dogmáticamente antidogmático, tal vez era un engorro para cualquier signo antidubitativo. “¡No soy bolchevique, no soy fascista: solo soy yo mismo!”, gemía en los últimos meses de su vida, tras su doble destitución final como rector. Sin embargo, el hombre que “tenía ojos de metralleta”, según Luis Cardoza y Aragón, contertulio suyo en el exilio de París, abrazaba una utopía muy generosa y muy concreta. “Pocas cosas me han preocupado más que el lograr que haya en mi patria verdadera conciencia liberal democrática”, escribió poco después de su primera destitución, al tiempo que soñó siempre con un Estado dinámico y robustecido, con la Constitución doceañista como telón de fondo; de veras un organismo estatal, que velara por fomentar el cumplimiento, libre y plural, según la sensibilidad y aspiraciones de cada cual, de esta sencilla y hermosa máxima suya: “La finalidad de la vida es hacerse un alma”.

Original source: http://www.tiempodehoy.com/cultura/recordando-a-unamuno

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