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Tres claves para entender la Italia de Salvini

Tres claves para entender la Italia de Salvini(G.Larrabeiti – Revista Contexto, 24/07/18) – No nos pararán. Yo voy para adelante. ¿Me equivoco? ¡Ha cambiado la música! Hoy, comida rica… ¿Os doy envidia? Yo aguanto. ¡Querer es poder! ¿Pero cuántos sois? ¡Seguidme! ¡Pásalo! Feliz sábado, amigos. ¿Qué hacéis? ¿Quién se apunta? ¿A qué esperáis? Os lo prometo. No cedo ni un centímetro. Del dicho al hecho… ¡Ya os cuento luego! Feliz semana a todos. Si os queréis divertir… Me voy a esmerar a tope y os mantendré informados lo máximo posible. ¡Qué risa! Estoy orgulloso de vosotros. No nos detendrán. Punto pelota. Se acabó. ¿Os gusta esta camiseta? ¿A quién se la dedicamos? El que la hace, la paga. Somos una marea. Seguid con nosotros. ¡Aplausos! Si os gusta esta entrevista, echadme una mano y compartidla con vuestros amigos. ¿Qué os parece? ¿Empezamos a querellarnos? ¿Solo a mí me parece escuálido? Cuento con vosotros. No nos callarán. Leo vuestros comentarios. Nos toman por bobos. En nuestra casa, mandamos nosotros. Os espero, cuento con ello. Qué paciencia hace falta, amigos… Espero no decepcionaros. Tengo cosas que deciros. Una jornada no solo de política, sino de Comunidad. Os quiero. Sabed que os necesitaré. Decidme: ¿qué tal he estado? ¡Estoy cabreado! ¡Juntos se puede! Ahora os toca. ¿Os gusta? Estoy trabajando para vosotros. ¿Quién de vosotros me acompañará? Os las dedico [una foto con unas flores]. A quien está solo, a quien no se rinde, a quien no tiene tiempo que perder odiando o envidiando. A quien tiene un sueño. ¡Os quiero!

Son frases extraídas de los tuits de Matteo Salvini sobre las que luego dicen que actúa la Bestia, el sistema que controla sus redes sociales y analiza cuáles son los posts y los tuits que funcionan mejor y cuáles son las personas que más han interactuado para modificar, en función de esos datos, la estrategia política de propaganda.

El propio Salvini apunta que este nuevo lenguaje, “directo, sencillo, concreto”, marca la diferencia, junto con el empleo de las redes, con respecto a la vieja política. Como se ve, se trata de oraciones simples, exclamaciones y preguntas retóricas. Con un elemento en común, un empleo constante de la primera y segunda persona del plural, y una línea roja: nada de insultos ni de malos tonos. Que abunden las sonrisas. Como mucho el sarcasmo. “Matteo” –sus interlocutores se dirigen al viceprimer ministro y ministro de Interior por su nombre de pila o con el cariñoso apodo de El Capitán– habla siempre a un “vosotros” para formar un “nosotros”. Y lo hace mediante un hilo directo, domingos incluidos, de incluso más de 10 tuits en un día. Así es cómo ha conseguido levantar su “Comunidad”. (La llama tal cual, con mayúsculas).

Dirán: pues vaya novedad, también otros políticos lo hacen. Es cierto. Lo hacía y sigue haciendo Renzi con su hashtag #nosotrossomosotracosa, pero no es lo mismo, ni en la frecuencia ni en el modo. A Renzi le puede el ego también en los tuits y abusa de la primera persona del singular (“mi intervención”, “mi entrevista”, “yo contigo ni gratis”), y no martillea para conseguir esa comunión que ha logrado el Capitán Salvini con sus seguidores.

¿Y quiénes forman parte de ese vosotros al que se dirige Salvini? ¿A quién pretende persuadir integrándolo en su Comunidad? Parece plausible, a juzgar por esa ininterrumpida interpelación lingüística, que se dirige a personas que se sienten solas. Según datos recientes de Eurostat, un 13,2% de los italianos mayores de 16 años no cuenta con una persona a la que pedir ayuda. Se trata del porcentaje más alto de Europa, cuya media rondaría el 6%. El 11,9% de los italianos no tendría a nadie a quien contarle sus problemas personales (en Francia el dato se dispara hasta el 17,7%). En pocas palabras, uno de cada ocho italianos se siente solo. La soledad constituye ya un problema de salud pública de tal magnitud que la primera ministra británica, Theresa May, ha anunciado la creación de un ministerio específico. Bien mirado, es un enorme caladero de votos, donde, con buenas redes, se puede ganar muchísimo apoyo. Piénsese, por otro lado, que, incluso en el caso en que uno no se sienta excluido, al usar Internet todos nos aislamos. En el 48º Informe Censis, se afirma que la mitad de los usuarios de la Red pasa en ella, o sea, “solos”, más de 5 horas al día. Otro enorme caladero de cuerpos solitarios.

Si algo es flexible y mutante en la sociedad de consumo, donde todo cambia aún más rápido que el deseo, es la identidad. Un país en crisis con 5 millones de parados, 2,5 millones de trabajadores pobres, y 18 millones de personas (30% de la población residente) en riesgo de pobreza o exclusión social es –siguiendo a Bauman– una mina vagante de consumidores frustrados y exiliados interiores con un común abismo identitario. Es en ese vacío que tanto se parece a aquel otro del fascismo, el “que se había abierto en las almas, en la depresión de las voluntades”, donde sobreviene el eslogan “Primero los italianos” o la sentencia “El Estado somos nosotros” del vicepresidente del Gobierno Luigi di Maio (Movimiento 5 Estrellas). Es ahí donde crece este nuevo “nosotros” que tan profundamente ha dividido al pueblo italiano.

Entre los seguidores de Salvini hay de todo: veteranos militantes de la Liga Norte, fanáticos seguidores del Capitán, pequeños empresarios, autónomos, y también, como dijo el viejo líder de la Liga Umberto Bossi a propósito de la copiosa asistencia de habitantes del sur a la mítica reunión en Pontida, “un montón de gente interesada en que la mantengan”. Sin embargo, más allá de la fidelidad, la fe en el audaz Matteo o el interés material, al ofrecer una identidad sólida, muchos ciudadanos de todas las clases sociales han hallado, finalmente, la identidad. Ya son algo, ya son alguien, son Italia. “Nada le cuesta más al hombre medio que soportar el sentimiento de no poder identificarse con un gran grupo”, decía Erich Fromm, que añadía: “El miedo del aislamiento y la relativa debilidad de los principios morales pueden ayudar a cualquier partido, una vez que haya conquistado el poder del Estado a asegurarse la lealtad de una gran parte de la población”.

Renacida, pues, la identidad perdida en las almas, todo aquel que se oponga de alguna manera a la línea política que marque el Gobierno, ya sea una potencia extranjera, una ONG, un intelectual, un famoso futbolista o un cura rojo, se vuelve así enemigo de la patria, y por tanto, podrá ser tildado con sorna de “envidioso”, “buenista”, “radical chic” o “siniestro”; podrá ser amenazado o querellado, o en el peor de los casos, el de los emigrantes, será el “invasor” culpable del paro, los salarios bajos, la pérdida de valores: el enemigo común de la identidad nacional. Hoy poco importan los hechos, las mentiras. Según Davide Casaleggio, ideólogo del M5E, “lo que cuenta es la percepción [la cursiva es mía] que tienen los ciudadanos que se confrontan con la inmigración a diario en las ciudades, los pueblos y el territorio”.

Ahora bien: cabe preguntarse por qué, siendo comunes a todas las sociedades occidentales los males derivados de la sociedad de consumo en crisis, se ha vuelto a producir precisamente en Italia este rebrote nacionalpopulista que ha identificado en Matteo Salvini al nuevo “hombre fuerte”. ¿Y si hubiera explicaciones de orden antropológico específicamente italianas? Recogemos, a continuación, dos que parecen lapidarias.

Esto escribía en 1930 Carlo Rosselli, el famoso antifascista asesinado en su exilio de París por los fascistas:

“Hay que reconocer que el dolce far niente de los italianos –injuriosa leyenda en el campo material– guarda cierto fundamento en el orden moral. Los italianos son moralmente vagos. Hay en ellos un fondo de escepticismo y de oportunismo que les lleva fácilmente a contaminar, despreciándolos, todos los valores y a convertir en comedia todas las tragedias. Acostumbrados a razonar a través de intermediarios sobre los grandes problemas de la conciencia –auténtica abdicación del espíritu– es natural que se resignen fácilmente a abandonar la parte que les atañe en los grandes problemas de la vida política. La intervención del deus ex machina, del Duce, del domador –ya se llame este Papa, rey o Mussolini– suele satisfacer en ellos una necesidad psicológica”.

Y esto otro contestó el gran director de cine Mario Monicelli a propósito de Berlusconi en 1996:

“Estuvieron 20 años bajo el gobierno de aquel payaso que estaba allí arriba y que ya visteis la que armó: montó un imperio, creó las falanges romanas a lo largo y ancho de las vías del Imperio y se metió en las guerras coloniales. Luego a la guerra. Estábamos todos contentos. Contentos de que hubiera alguien que guiara el país, contentos de que pensara él por nosotros. ‘Mussolini tiene siempre razón. Dejémoslo trabajar’. Estábamos todos calladitos.

¿Los italianos de ahora se parecen a los de antaño? Sí, porque se han dicho: ‘ahora tenemos a este gran empresario’, el cual les dijo: ‘Dejadme gobernar. Porque lo he conseguido todo yo solo. Soy un trabajador. Me hice millonario. Haré que todos lo seáis’. Estupendo. Llevamos ya 15 años con la gente esperando. Los italianos son así: quieren que alguien piense por ellos. Luego, si la cosa sale bien, bien; y si sale mal, lo cuelgan cabeza abajo. Así es el italiano”.

Concluyendo: cuenta Gianfranco Rotondi, antiguo ministro del gobierno Berlusconi IV, que hace diez años, en cuanto entraban en un bar, la gente se ponía a aplaudirlos. Gozaban de un apoyo de más del 70%. Quién hubiera dicho que aquel gobierno acabaría con una muchedumbre a las puertas del Palacio del Quirinal, sede de la Presidencia de la República, gritándole a Berlusconi “¡A la cárcel!”, “¡Bufón!”, cantando el Aleluya de Haendel y lanzándole monedas a su paso. Lo mismo que le pasó años antes a su amigo Bettino Craxi, que tuvo que salir huyendo del hotel Raphael bajo otra tormenta parecida de monedas, pitidos e insultos de la que Renzi se libró, pero que es fácil que vuelva a repetirse con este gobierno del Cambio de Salvini y el Movimiento 5 Estrellas que tanta pasión y tanto odio están suscitando.

 

G.Larrabeiti – Revista Contexto, Tres claves para entender la Italia de Salvini