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Mengs, el mejor alumno de la Antigüedad

(Ars Magazine, Sol G.Moreno, 25/11/2025) – El Museo del Prado inaugura una exposición sobre Antonio Raphael Mengs, figura clave del Neoclasicismo y firme defensor del canon de belleza grecorromana. Andrés Úbeda de los Cobos y Javier Jordán de Urríes han concebido un recorrido que ahonda en la obra, el pensamiento y legado de este pintor “obsesivo”, “atormentado” y “antipático”.

Cuando alguien ha sido bautizado con los nombres de no uno, sino dos grandes artistas renacentistas como Correggio –Antonio Allegri– y Raphael –Sanzio–, está obligado a llevar una pesada losa sobre sus hombros. Sobre todo, si desde pequeño escucha de boca de su padre que debe ser el mejor heredero de aquellos a quienes honra.

Antonio Raphael Mengs (1728-1779) aceptó con gusto ese cometido y desde bien joven asumió ese rol que le dio su progenitor. Abrazó la excelencia, se formó en Roma y aprendió in situ de los grandes maestros.

Todo ello le llevó a alcanzar una perfección técnica envidiable, pero también a forjar una personalidad difícil de tratar. Y es que cuando las cortes europeas se te rifan –estuvo en la de Dresde y la de Madrid–, los aristócratas se pelean por tener un retrato tuyo y las Academias te reclaman, es difícil tener los pies en la tierra.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII fue considerado el artista europeo más grande, “el Rafael alemán”, según su gran amigo Johann Joachim Winckelmann. Juntos defendieron la estatuaria clásica grecorromana para recuperar el legado de la Antigüedad, ese que remitía al Laocoonte o el torso Belvedere. Hasta que el pintor alemán se la jugó a su compañero y la amistad se rompió de forma abrupta.

En 1760 Mengs pintó el fresco de Júpiter y Ganímedes y le hizo creer al arqueólogo que se trataba de un original romano redescubierto. Broma que no gustó nada a Winckelmann, pues su reputación quedó en entredicho después de que publicase encendidos elogios sobre el supuesto descubrimiento.

Este falso fresco es una de las 64 pinturas que están presentes en la muestra del Museo de Prado, que trata de recuperar a esta figura fundamental del Neoclasicismo. “Lo fue todo en su época, pero luego fue borrado de la faz de la historia del arte. De ahí que haya pasado inadvertido los últimos 250 años”, en palabras de Andrés Úbeda de los Cobos. ¿Y eso por qué? Quizá porque su concepción de la belleza –según el alemán, el único procedimiento válido para acercarse al arte era mediante la imitación de la Antigüedad– pasó de moda en los siglos siguientes; aunque Úbeda de los Cobos admite que el artista “dio a cada época un pensamiento para odiarle”.

Antonio Raphael Mengs reúne un total de 159 obras, entre pinturas, dibujos, grabados y libros que ilustran no solo la obra del artista, sino también su pensamiento y su legado teórico. Todo para mostrar la versatilidad de un autor que se movió por igual entre la pintura de caballete y la muralista, aunque curiosamente en los frescos se esforzaba por conseguir el mismo efecto que el óleo.

Andrés Úbeda de los Cobos y Javier Jordán de Urríes son los comisarios de esta exposición en la que llevaban tiempo pensando, que ahora –por fin– se hace realidad, con un montaje de Francisco Bocanegra. Tiene sentido que ellos hayan liderado el proyecto, como representantes de las dos instituciones que albergan el mayor legado del artista alemán conservado en España (el propio Museo del Prado y Patrimonio Nacional).

Pocas veces una muestra ha empezado y acabado con un autorretrato del protagonista, pero así era Mengs. De todo menos humilde. En la exposición se pueden contar hasta siete rostros suyos, incluido el que aparece de soslayo en la Adoración de los pastores; tal era su ansia por pasar a la posteridad.

Ya desde su formación en Dresde apuntaba maneras, por eso su padre, pintor y tratadista, puso todas sus ilusiones en él. Con apenas 13 años llevó a su hijo a Roma, ciudad a la que el joven artista regresaría poco después, cumplidos los 24 y siendo ya pintor del rey Augusto III de Polonia.

Llegó a retratar a Clemente XIII –en la muestra, “la mejor versión de todas”, según Jordán de Urríes– y se hubiese quedado en la Ciudad Eterna para siempre, al amparo papal, de no ser porque Carlos III le reclamó para trabajar en Madrid. Aun así, consiguió volver a su amada Roma, después de pasar por Nápoles, donde retrató a los nietos del monarca, los infantes de Toscana, que ahora se exponen por primera vez junto a un par de dibujos preparatorios.

La muestra, que podrá verse hasta 1 de marzo de 2026, está trufada de yesos clásicos que pertenecieron al propio artista y que luego donó a la Academia de San Fernando. No faltan escenas religiosas como Lamentación sobre Cristo muerto procedente de la Galería de las Colecciones Reales, una inmensa tabla de más de tres metros de altura y 300 kilos de peso, cuya instalación ha sido todo un reto.

De Patrimonio Nacional, que ha prestado una docena de pinturas, se exhiben también las cuatro escenas religiosas que en su día se ubicaron en las sobrepuertas del dormitorio del rey borbón. Ahora están colgadas a la altura de los ojos del visitante, para que pueda recrearse con los detalles.

“El mundo clásico ha encontrado la belleza absoluta y a nosotros solo nos queda imitarla”, dijo Mengs en una ocasión. Artistas posteriores como Antonio Canova –una escultura suya culmina la muestra– o Jean Louis David siguieron su estela, pero después el mundo cambió y los intereses artísticos viraron. Por eso se perdió su legado, ese que acaba de recuperar el Museo del Prado.

Ars Magazine, Sol G.Moreno, 25/11/2025 – Mengs, el mejor alumno de la Antigüedad