Aquella noche en Leitza me desperté sobre la una. Estaba en una posada, en un tercer piso, y abrí la ventana. La calle estaba vacía, muy iluminada, casi demasiado quieta. No pasaba nadie. Todo tenía esa extraña claridad de los pueblos de noche, cuando parece que el tiempo se ha quedado suspendido.
Entonces vi un animal grande moverse con sigilo detrás de una pastelería cerrada.
Al principio fue solo una silueta furtiva. Pero enseguida supe que no podía ser un perro. Había algo en la manera de desplazarse, en la elegancia del cuerpo, y sobre todo en la cola: demasiado larga, demasiado felina. Yo llevo treinta años conviviendo con gatos. Los conozco bien. Y en ese mismo instante sentí la certeza: era un gato montés.
Me quedé esperando.
No sé cuánto tiempo pasó, quizá unos segundos, quizá un minuto. Pero volvió a aparecer. Esta vez lo vi mejor. Venía tranquilo, sin precipitación, como si la noche le perteneciera. Caminaba con esa seguridad silenciosa que solo tienen ciertos animales, como si no tuviera que demostrar nada a nadie.
Entonces se paró.
Y me miró.
Estábamos a unos treinta o cuarenta metros. No hizo ademán de huir. No se sobresaltó. Simplemente levantó la vista y me sostuvo la mirada. Yo también me quedé mirándolo, completamente quieto. Fue un momento muy breve, pero extraño en el mejor sentido de la palabra. Intenso. Limpio. Como si durante unos segundos el pueblo, la calle, la ventana y yo mismo hubiéramos desaparecido un poco, y solo quedara ese cruce de miradas en mitad de la noche.
Lo que más me impresionó no fue solo verlo, sino la calma con la que siguió su camino después. No salió corriendo. No se apresuró. Me observó, decidió que yo no cambiaba nada, y continuó. Como si me hubiera registrado y ya estuviera todo entendido.
Sentí que no estaba contemplando simplemente a un animal salvaje. Sentí algo más difícil de explicar: la impresión de que, por un instante, el monte había entrado en el pueblo y me había dejado verlo. No como una aparición fantástica, sino como una presencia real, sobria, dueña de sí misma.
He visto muchos gatos en mi vida. Pero aquello era otra cosa.
No era un gato doméstico perdido en la noche.
Era la noche misma mirándome desde los ojos de un gato montés.
Y todavía hoy, al recordarlo, sigo pensando en esa serenidad. En esa manera de aparecer, detenerse, mirar y seguir. Como si yo hubiese asistido a algo muy antiguo, muy discreto, y al mismo tiempo muy difícil de olvidar.
(Relato original y real de Angelo Cacciola Donati)















