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La Roma de Isabel Coixet en «Tres adioses»

(Raúl Agudo, Cultura Inquieta, 03/02/26) – Isabel Coixet presenta Tres adioses (Tre Ciotole / Three Goodbyes), su nueva película que se estrena en cines el viernes 6 de febrero de 2026. Se trata de una coproducción ítalo-española basada en el libro póstumo y con elementos parcialmente autobiográficos de la escritora italiana Michela Murgia. La historia, protagonizada por Alba Rohrwacher y Elio Germano, invita al público a reflexionar sobre los vínculos y lo efímero de la vida.

Isabel Coixet es una de las cineastas más reconocidas del cine internacional contemporáneo, con una carrera marcada por su capacidad para explorar las emociones humanas con sensibilidad y rigor. Nacida en Barcelona, ha dirigido films que se han convertido en referentes del cine de autor, como Mi vida sin mí, La vida secreta de las palabras o La librería. Películas que le han valido múltiples premios, incluidos varios Goya y reconocimientos internacionales por su estilo personal y su mirada introspectiva sobre los vínculos afectivos y la condición humana.

Con motivo de la presentación del largometraje Tres adioses, Isabel Coixet escribe para Cultura Inquieta sobre la Roma que quiso filmar: una ciudad íntima, vivida y alejada de los tópicos. El texto incluye una selección de imágenes del rodaje y de la ciudad, tomadas por la propia cineasta durante su estancia en la «Ciudad Eterna».

Mi Roma en «Tres adioses», por Isabel Coixet

Cuando llegué a Roma para rodar «Tres adioses» sabía que no quería filmar la ciudad de las guías turísticas. No quería filmar el centro storico, ni el Vaticano ni el Coliseo ni la Piazza Navona ni la Scalinata de Piazza Spagna. Yo buscaba otra cosa: la Roma que late debajo, la que respira en los muros desconchados donde el ocre se desprende en capas revelando siglos de historia no en los monumentos sino en la materia misma de sus paredes.

Mis atardeceres fueron rodados en esa luz única que Roma regala cada tarde, cuando el cielo se vuelve naranja oscuro, casi terracota, y las fachadas de los edificios parecen arder con una luz interior. Es entonces cuando aparecen las bandadas de estorninos, esas nubes negras que dibujan coreografías imposibles sobre el Tíber, miles de pájaros moviéndose como un solo organismo. Rodé esos momentos obsesivamente, porque sentía que ahí estaba algo esencial de la ciudad: ese caos perfectamente organizado, esa belleza que surge de un misterio imposible de descifrar por mucho que lo intente el National Geographic.

Me adentré en el Trastevere no como turista sino como quien busca refugio. Filmé en sus callejones estrechos donde la ropa cuelga de ventana a ventana, donde las Madonnas te observan desde sus hornacinas en lo alto de esquinas oscuras, con esa mirada severa y protectora a la vez. Esas vírgenes callejeras, con sus flores marchitas y sus velas perpetuas, me parecían las verdaderas guardianas de la ciudad íntima que yo quería capturar.

Testaccio me ofreció sus mercados, sus trattorie de toda la vida donde los camareros viejos, con sus chaquetillas blancas manchadas de salsa, te sirven con una autoridad que viene de haber visto pasar cincuenta años detrás de la misma barra. Filmé sus manos arrugadas, sus gestos precisos al servir el vino, su manera de conocer a cada cliente. Ellos son la memoria viva de Roma, mucho más que cualquier museo.

El Pigneto me cautivó con su aire obrero y auténtico, sus bares donde todavía se respira la Roma de Pasolini, esa mezcla de dureza y ternura, de pobreza digna y vitalidad indestructible. Ahí encontré las cocinas pequeñas donde pasan las grandes historias, los patios interiores donde las mujeres hablan desde las ventanas, los gatos que se apropian de cada rincón con una soberanía indiscutible.

Yo quería que mi cámara acariciara esos muros desconchados como quien pasa la mano por la piel envejecida de alguien amado. Cada grieta cuenta una historia, cada mancha de humedad es un testimonio. Roma no es bella a pesar de su deterioro, sino precisamente por él. Es una ciudad que lleva sus cicatrices con elegancia, sin intentar disimularlas.

Rodé en habitaciones pequeñas donde la luz entra sesgada por las persianas, creando esas franjas de claridad y sombra tan romanas. Filmé las mesas puestas con manteles de cuadros, los tres cuencos que dan título a la película, esos objetos cotidianos que se vuelven sagrados cuando contienen comida hecha con cariño, compartida con quien queremos.

Esta es mi Roma: no la del Coliseo ni la de la Fontana di Trevi, sino la de los despertares lentos, el café bebido de pie en el bar de la esquina, las conversaciones que se alargan hasta que cae la noche y las Madonnas empiezan a brillar bajo la luz de sus velitas. Una Roma que huele a ragú cocinándose durante horas, a café recién hecho, a piedra antigua calentada por el sol.

Quise capturar esa Roma porque sentí que era la misma que Michela Murgia, la autora de origen sardio de «Tre ciotole» en el que se basa la película, amaba : una ciudad no siempre maternal pero que siempre acoge y alimenta, que protege en sus rincones oscuros y celebra en sus mesas compartidas. Una Roma que no está en los mapas turísticos pero que está en cada romano que camina por sus calles, indiferente a ruinas y turistas , como quien recorre el pasillo de su propia casa.

Raúl Agudo, Cultura Inquieta, 03/02/26 – La Roma de Isabel Coixet en «Tres adioses»