(Analía Iglesias, El Asombrario, 17/01/26) – Lo dice el investigador Álvaro Ramos Dicenta, que ha reunido una serie de textos clásicos en su reciente libro ‘Eros Queer. Una guía clásica para la sexualidad contemporánea’. En esta antología recupera dos milenios de textos, de los versos de Safo a los escritos de Plutarco, pasando por los diálogos platónicos, las defensas jurídicas de Lisias o las comedias de Aristófanes, que celebran la potencia y la rareza del erotismo, esa que nos confunde y nos hace perdernos, o reencontrarnos.
“El amor y el deseo se mueven en una dirección impredecible, en un territorio donde las leyes que intentan gobernarlos se muestran siempre precarias, insuficientes”, nos responde cuando le preguntamos al autor de Eros Queer. Una guía clásica para la sexualidad contemporánea (Ed. Bauplan) sobre lo que nos enseña la historia clásica acerca de las diversidades y las etiquetas, en torno al sexo y al género. El libro de textos compilados por Álvaro Ramos Dicenta (Palma, 1998) nos recuerda que los griegos amaban más allá de los límites de un cuerpo y recupera las tradiciones que permiten reivindicar el deseo como un “espacio de libertad, desconcierto y revelación”.
En esta entrevista, Ramos Dicenta –investigador vinculado a los estudios hermenéuticos– se refiere a lo queer como un término que posibilitó dar nombre a ámbitos de la experiencia que no sabíamos definir, a la vez que pone en cuestión la sobreutilización (o cristalización) de categorías (y palabras) que pueden “pasar de ser herramientas críticas a convertirse en dispositivos de control”.
Le comentamos que a las lectoras nos seduce con la osadía de introducir su antología con la frase “en el principio era el amor” y le pedimos que desgrane las razones por las que evocar algo woke despierta tantas sospechas: “Criticar el despertar (o lo woke) puede ser una coartada de quienes prefieren la comodidad de las viejas injusticias”, responde.
Como editor, pone el énfasis en la extrañeza; en el desconcierto del deseo, o la celebración de la rareza. ¿Por qué cree que hay que insistir hoy en que el deseo no es algo domesticable o enteramente comprensible (o racional)?
Creo que la extrañeza es un concepto fundamental para imaginar el cambio, para pensar que otro mundo es posible. Desde Platón, el deseo es deseo de otro; se desea aquello de lo que se carece, aquello que está fuera de los límites propios. El deseo es algo que nos empuja más allá, permitiéndonos abandonar esos lugares en los que solemos quedar fijados. Si el deseo se pudiera domesticar del todo (si no dejara siempre tras de sí un resto de incomprensión), viviríamos en un mundo incapaz de diferir de sí mismo, incapaz de cambiar; un mundo estancado, conformista, encerrado en lo inmediato y carente de imaginación.
¿Piensa de verdad que en el principio fue el amor? Explíquenos lo de Eros como fuerza primigenia que a la vez es unión y ruptura…
Afirmar que “en el principio fue el amor” es una pequeña boutade por mi parte, una licencia poética que me permití dada la imposibilidad de fijar un origen seguro; pero creo que, como dicen los italianos, se non è vero, è ben trovato. El amor, en cuanto experiencia de la extrañeza, es el motor de todas las cosas, el impulso por el que se pasa de una situación dada a otra, desconocida. En este sentido, Eros es una potencia primigenia porque pone el mundo en movimiento: no crea esencias ni identidades, sino relaciones. Decir que “en el principio fue el amor” equivale entonces a decir: “En el principio fue el Nosotros”.
¿Hay algo de la historia ‘clásica’ –la que nos legaron filósofos y dramaturgos– que pudiera ayudarnos a lidiar con las incertidumbres frente a la diversidad y a la incomprensión de los temas en torno al sexo y género que hoy se expresa?
La historia clásica nos revela la impotencia de las categorías actuales para capturar la energía del deseo. Su pedagogía es, por tanto, necesariamente ambigua. Pensemos en Safo, cuyos poemas hablan, más que de una identidad lésbica, del deseo como una patología divina de radical vulnerabilidad que no distingue géneros, sino intensidades. O en Tiresias, que ha vivido como hombre y como mujer; su experiencia es algo más que una alegoría trans: es una ventaja cognitiva, ve más y comprende mejor, porque ha estado en ambos lados. La lección que podemos sacar hoy de la historia clásica no pasa por buscar en ella una validación de nuestras etiquetas, sino por entender que el amor y el deseo se mueven en una dirección impredecible, en un territorio donde las leyes que intentan gobernarlos se muestran siempre precarias, insuficientes.
¿Cree que hay que desvincular el término ‘queer’ de lo que parece connotar el acartonamiento snob de la Academia norteamericana?
Las categorías académicas pueden resultar muy útiles en un primer momento, porque permiten nombrar ámbitos de la experiencia que antes eran invisibles o se transitaban inconscientemente. El problema surge cuando esas categorías se cristalizan y pasan de ser herramientas críticas a convertirse en dispositivos de control, que pretenden fijar una única lectura legítima de lo queer. En ese punto, la experiencia vivida –siempre más compleja, contradictoria y contextualizada– queda fuera del campo de visión, y ahí es donde la teoría académica empieza a traicionarse a sí misma.
¿Sucede algo parecido con lo ‘woke’ (y el menosprecio con que se pronuncia ese ‘despertar’ de causas sociales entre ciertos sectores políticos)?
A mí me cuesta entender el escarnio generalizado hacia lo woke. Despreciar el despertar es, cuanto menos, torpe: ¿Cuál es la alternativa? ¿Seguir sonámbulos? Walter Benjamin decía que la dialéctica entre el sueño y el despertar es imprescindible para comprender el devenir histórico.
Si lo woke es un síntoma de algo, es de esa urgencia por salir del letargo, de revisar los mitos que nos han contado sobre la raza, el género o la historia. Criticar el despertar suele ser la coartada de quienes prefieren la comodidad de las viejas injusticias a la turbulencia de tener que pensar el mundo de nuevo.
Celebrar la intensidad… en un momento del mundo en que ‘ser intensa’ parece ser un gran defecto…
Vivimos un momento histórico que privilegia la moderación, la claridad y la neutralidad como valores supremos, como si todo lo que desborda –emocional, intelectual o políticamente– fuese sospechoso. Que el color de este año sea, según Pantone, el blanco nube no es una anécdota estética, sino un síntoma social: asepsia, pureza, orden, uniformidad, transparencia…, palabras que a menudo esconden una pulsión controladora. Frente a esa tendencia, reivindicar la intensidad no significa simplemente glorificar el exceso, sino recordar que la vida –y el deseo– no se ajusta a superficies lisas. La intensidad implica fricción, ambigüedad, zonas borrosas donde el sentido no está garantizado. Y eso incomoda. Pero también es ahí donde se producen los verdaderos desplazamientos, los cambios reales. En ese sentido, creo que Eros Queer propone una resistencia a la neutralización de la experiencia. Allí donde todo parece exigir claridad inmediata, posiciones definidas y afectos administrables, la intensidad es ese resto que sobrevive a cualquier intento de limpieza. Es la prueba de que, por mucho que intenten alisarnos, siempre habrá algo indomable en nosotros, algo que se niegue a encajar.














