Txuri, un gato blanco con manchas negras, tenía ya catorce años cuando llegó a Navarra con sus humanos, entre ellos un chico y una chica con los que había crecido. Era grande, un poco rechoncho, y tenía el aire de quien en la vida había conocido cariño, cuidados y un hogar de verdad. Se adaptó sin dificultad a los nuevos olores, a los nuevos sabores, a los nuevos ritmos. Seguía jugando, a pesar de la edad, y sobre todo adoraba un pequeño muñeco de peluche que sus dueños le habían regalado. No se separaba nunca de él, especialmente antes de dormir.
Durante otros cuatro años continuó su tranquila vida de gato, entre una siesta y otra, hasta que enfermó. Al principio rechazaba la comida. Después empezó a comportarse de forma extraña: giraba sobre sí mismo, perdía el equilibrio, se caía. La veterinaria dijo que ya no había nada que hacer y nos propuso sacrificarlo. Pero nosotros no fuimos capaces. Lo llevamos de vuelta a casa y lo acostamos sobre una toalla, en su camita, como se hace con quien pertenece de verdad a la familia.
El pobrecito se levantaba con dificultad para hacer sus necesidades. Muchas veces había que darle de comer con paciencia. Perdía pelo, desprendía un olor fuerte y, aun así, no se rendía. Todavía no quería irse. Siguió así durante más de un mes. Lo cuidábamos como se cuida a un familiar enfermo, con ese cansancio lleno de amor que no se mide ni se explica.
Un día volvió a casa Roberto, el dueño que desde hacía tiempo vivía lejos. Aquella noche lo acarició largamente. A la mañana siguiente lo encontramos inmóvil en su camita. Parecía que solo hubiera esperado aquel regreso para poder dejarse ir por fin. El último adiós, en una caricia.
Ese mismo día Roberto y su hermana Katia envolvieron a Txuri en una tela y lo metieron dentro de una bolsa de plástico. Cogieron el coche y fueron a enterrarlo en un bosque, junto con su muñeco favorito.
Más de un año después decidieron volver a pasear por aquel mismo bosque. Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado: en el sendero, delante de ellos, estaba el perrito de peluche. Las lluvias intensas del invierno lo habían devuelto a la superficie, como si el propio bosque hubiera querido devolverles un recuerdo.
Una pequeña señal. Casi un último saludo.
De parte de un gran gato.
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