(Nerea Méndez Pérez, Ars Magazine, 15/05/2026) – Estos dos maestros indiscutibles de la escultura occidental se dan cita en el Museo del Louvre para debatir sobre el legado de sus gestos. Con el cuerpo como eje central de la discusión, la muestra reúne más de 200 obras entre mármoles, bronces, yesos, esculturas de terracota y moldes. A través de un recorrido organizado en cinco secciones, se presenta a los dos genios, sus fuentes de inspiración y su influencia posterior en el estudio de la anatomía humano.
En marzo de 1876, Auguste Rodin manda una carta a su pareja, Rose Beuret. “No te sorprenderá saber que desde mi llegada a Florencia estoy estudiando a Miguel Ángel. Y creo que este gran mago me revela algunos de sus secretos”, se lee en ella.
Aunque Rodin no pone por escrito ese descubrimiento, ambos maestros eligieron el cuerpo como tema central de sus obras, así que podemos intuir que será fijándonos en este como se nos revelarán esos secretos.
Hagamos la prueba observando El Pensamiento emergiendo de la materia (La Pensée, 1895), una obra presente en la muestra. La cabeza de la joven, que no es otra que la de Camille Claudel, alumna y amante del escultor francés, surge del mármol como una aparición. La oposición entre las carnaciones –perfectamente pulidas– y el bloque –dejado en crudo– refuerzan esa impresión.
En este arte de la sugestión, el espectador ya no contempla una estatua, sino que vive la vida del mármol. El tosco bloque se convierte en una pulsión del cuerpo que encierra en su interior. Por eso, acertadamente, la exposición se titula Miguel Ángel y Rodin: Cuerpos con vida.
Cuenta el poeta francés Camille Mauclair, que una vez le dijo a Rodin “que parecía como si hubiera una figura en un bloque y que él solo rompiera las cadenas que la ocultaban. Me respondió que esa era su impresión al trabajar”. No obstante, al dejar la obra incompleta, parece que en lugar de liberarlas deja a sus figuras cautivas dentro de la piedra.
Esta idea nos lleva a fijarnos en El esclavo rebelde de Miguel Ángel, que se exhibe junto a su hermano, El esclavo moribundo. Frente al erotismo de este último personaje, la figura del rebelde resulta más tosca, con una anatomía que parece estar en medio de una violenta lucha con el mármol del que surge.
Si bien es cierto que el genio florentino fue el primero en percibir toda la fuerza de lo inacabado, será muchos años después el escultor francés, durante el último tercio del siglo XIX, quien tome el relevo y se reapropie de esa estética.
Precisamente por eso, el Louvre dedica un apartado en exclusiva a las figuras inacabadas de ambos artistas, entre las que se pueden ver Fugit Amor del francés o un pequeño Cristo en la Cruz de madera, prestado por la Casa Buonarroti, que firma el italiano.
En ese estudio de la anatomía humana, la exposición no solo se detiene en Miguel Ángel y Rodin, sino que amplía el repertorio de artistas para observar cuestiones formales y conceptuales compartidas por todos. Así, reúne también trabajos manieristas de Vincenzo Danti, Pierino da Vinci y Vincenzo de Rossi, que se entrelazan con creaciones contemporáneas de Bruce Nauman, Giuseppe Penone, Jana Sterbak o Joseph Beuys.
De este modo, se cuestiona cómo la interpretación de la Antigüedad Clásica y su visión del cuerpo prepararon el terreno para las rupturas estéticas del siglo XX. Obras como Albero di 7 metri, de Penone, por ejemplo, evocan el non finito del maestro renacentista; mientras la armonía desequilibrada presente en Adán, del escultor francés, resuena con la tensión que propone Nauman en Walking a Line.
Miguel Ángel y Rodin. Cuerpos con vida se puede ver en el Museo del Louvre hasta el 20 de julio.


















